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7 dic. 2013

Condolencias de todo el mundo por el deceso de Nelson Mandela

 Las plazas públicas y las iglesias de todo Sudáfrica fueron hoy el punto de reunión de miles de personas que rindieron espontáneos homenajes póstumos a su líder Nelson Mandela, fallecido el jueves a los 95 años, mientras de todo el mundo llegaron hoy condolencias a la familia y al pueblo sudafricano.


Más de 30 jefes de Estado y de gobierno africanos honraron con un minuto de silencio a Mandela en París, al comienzo de una reunión franco-africana.


Mandela es un ícono panafricano que simboliza “la solidaridad en las luchas de la humanidad contra el apartheid, la opresión y el colonialismo, y por la autodeterminación”, afirmó la presidenta de la Unión Africana, Nkosazana Dlamini Zuma, en una de las más significativas declaraciones de hoy en torno a la vida del líder antisegregacionista.

El gobierno del presidente sudafricano, Jacob Zuma, comenzó los preparativos para rendir al ex mandatario (1994-1999) funerales de Estado e informó que los restos fueron llevados por ahora a un hospital militar de Pretoria, la capital política, pero al concluir el homenaje póstumo serán inhumados el 15 de diciembre en Qunu, la aldea donde creció Mandela, en la provincia de Cabo del Este.

Las muestras de amor que experimentamos localmente y en el extranjero no tienen precedente, afirmó Zuma al anunciar el programa oficial, que comenzará este domingo, declarado día de luto nacional, con oraciones públicas por Mandela en los templos de todas las religiones profesadas en Sudáfrica.

El domingo no es día festivo para los 100 mil judíos y 700 mil musulmanes que viven en Sudáfrica, pero Zuma pidió a todas las comunidades religiosas acudir ese día a iglesias, mezquitas y sinagogas para recordar a Mandela.

El martes 10 se realizará la misa oficial en el estadio FNB de Johannesburgo, el mismo que acogió la final del Mundial de futbol de 2010 y en el que Mandela hizo su última aparición pública. Se calcula la presencia de 95 mil personas, incluidos –hasta ahora– los presidentes Barack Obama, de Estados Unidos, y Dilma Rousseff, de Brasil, así como los ex mandatarios estadunidenses Bill Clinton y George W. Bush.

Del miércoles 11 al viernes 13 los sudafricanos podrán dar el último adiós a los restos de Mandela en la sede del gobierno en Pretoria, Union Buildings, que alberga las oficinas donde ejerció el primer presidente negro de Sudáfrica.

Cerca del pueblo donde creció, Mandela será enterrado en presencia de un estrecho círculo de familiares y antiguos compañeros políticos. En Qunu permanece su antigua residencia y un museo que lleva su nombre.

Guardaremos luto y celebramos su vida durante una semana, expresó Zuma en su mensaje de este viernes. Cumplamos la visión de Mandela de una sociedad en la que nadie fuera explotado y reprimido, sin racismo ni sexismo, propuso.

Para rendir tributo a Madiba –palabra con que se identifica el clan del ex dirigente y que fue su sobrenombre cariñoso– los sudafricanos visitaron hoy varios lugares emblemáticos de su vida, desde el sitio donde pronunció su primer discurso político, después de haber pasado 27 años encarcelado, hasta su casa en el elegante suburbio de Houghton, en Johannesburgo.

De manera espontánea, cientos de personas con fotografías del líder y banderas de Sudáfrica se congregaron frente a la residencia para cantar, bailar y encender velas. Algunos liberaron palomas blancas y otros depositaron flores.

En Ciudad del Cabo se realizó una ceremonia religiosa encabezada por el ex arzobispo anglicano Desmond Tutu, quien fue compañero de Mandela en la lucha contra el sistema de segregación racial, el apartheid.

El país ha perdido a su padre, señaló Tutu. Muchos creen que porque el padre está muerto habrá un desastre y el país arderá en llamas, pero ello no sucederá y aquella afirmación supone una injustificada desacreditación de los sudafricanos, añadió el religioso.

Durante la ceremonia en Ciudad del Cabo, la alcaldesa Patricia de Lille no pudo terminar una conferencia de prensa a causa del sentimiento y llanto que la embargó en el momento en que hablaba sobre Madiba.

Al margen de ese acto, el ex presidente y antecesor de Mandela, Frederik Willem de Klerk, alabó la labor del fallecido ex mandatario en nombre de los afrikaners, los militantes de la organización que implantó el apartheid en la década de 1940, el Partido Nacional.

De Klerk recordó que a principios de la década de 1990, cuando se abrió el proceso político para permitir la participación electoral del Congreso Nacional Africano –el partido de Mandela– hubo una minoría de afrikaners que dijeron que eso era una traición, pero la mayoría tienen sentimientos favorables para el primer presidente negro de Sudáfrica y rendirán tributo a su herencia.

Las condolencias y elogios para Mandela llegaron de Moscú, Londres, París, El Cairo, Pekín, Ciudad del Vaticano, Tel Aviv, Madrid y Berlín, entre otros. El presidente de Uruguay, José Mujica, ex guerrillero tupamaro en la década de 1960, lo definió como el hermano mayor de todos los luchadores sociales.

En la política interna de Sudáfrica, la muerte de Mandela dio un respiro a las críticas contra el presidente Zuma, a quien se responsabiliza de hacer poco por eliminar las desigualdades económicas y sociales de los sudafricanos, herencia colonial de varios siglos.

Pero ni siquiera Mandela se libró de esa crítica. A pesar de sus esfuerzos para desmantelar el apartheid institucionalizado e impulsar el empoderamiento económico negro, Sudáfrica sigue siendo una de las sociedades más desiguales del mundo y los blancos controlan enormes sectores de la economía.

En los 10 años que estuvo retirado de la vida pública, Mandela dividió su tiempo entre una mansión en uno de los suburbios más ricos de Johannesburgo y Qunu, en la provincia de Cabo del Este.

El contraste no podría haber sido mayor. En un lugar sus vecinos eran los magnates blancos de la minería y banqueros que edificaron la ciudad –y también la mayor economía de África– a partir de las enormes reservas de oro del país. En el otro, los campesinos negros que vivían en modestas cabañas y subsistían con una precariedad que permaneció inalterada en las dos décadas desde el fin del apartheid.

Fuente La Jornada

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